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Eran las cinco de la tarde del 27 de agosto de 1957 en el puerto de Buenos Aires.

El silbato del “Ciudad de Buenos Aires” indicaba que era hora de zarpar rumbo a Concepción del Uruguay.

El pasaje compuesto sobre todo de entrerrianos que regresaban a su provincia, se agolpaba en la cubierta a pesar del frío.

El comienzo del viaje no parecía deparar sorpresas, más allá de la niebla reinante.

 El “Ciudad de Buenos Aires” tenía 106 metros de eslora, 13,41 metros de manga y 2460 toneladas. Navegaba en dirección norte y a velocidad de crucero. Llevaba a bordo 89 tripulantes, 78 pasajeros de primera y 63 de tercera clase.

Este barco carecía de segunda clase y era visible el contraste entre la primera, que incluía buena comida, bar, restaurante y camarotes, y la tercera, donde los pasajeros que no llegaban a tiempo para ocupar las cuchetas debían dormitar donde pudieran, incluso en el piso.

Peso pesado Vs. peso mosca

El “Ciudad de Buenos Aires” se hallaba ya remontando el río Uruguay al sur de la paradisíaca ciudad uruguaya de Nueva Palmira cuando imprevistamente se sintió un fuerte impacto.

Fue el espanto en medio de la noche. Eran las 22.45. El telegrafista del “Ciudad” emitió inmediatamente el S.O.S: “Hemos sufrido una colisión y necesitamos auxilio”.

El enorme casco de acero del transatlántico “Mormacsurf”, se incrustó de lleno en el “Ciudad de Buenos Aires”.

Este barco de bandera estadounidense, venía navegando en el sentido contrario al del “Ciudad de Buenos Aires”.

El casco de acero del buque estadounidense era mucho más poderoso. Además tenía un desplazamiento superior en casi mil toneladas.

 La inmensa proa del “Mormacsurf” tocó en el centro al “ciudad de Buenos Aires”, por el lado de estribor, dando la impresión de que el buque se hubiera partido por el centro.

El Sr. Juan Bautista Ortelli, que viajaba con su esposa y su hijita, de solamente 48 días, hizo la siguiente declaración:

 “Cerca de las 23 me hallaba conversando con un amigo en el pasillo cuando observé por la ventanilla unas luces que parecían acercarse. Afortunadamente tuve el presentimiento de que se trataba de un barco que avanzaba hacia nosotros, y teniendo en mi mente el recuerdo del “Andrea Doria” corrí al camarote donde se encontraban mi mujer y mi hijita. Las hice salir y, juntos nos fuimos a otro sector del barco. Casi inmediatamente el “Mormacsurf” embistió al “Ciudad de Buenos Aires” a unos pocos metros de nuestro camarote.”

De la calma a la desesperación

A esta altura, por los altavoces se escucharon órdenes, solicitando a los pasajeros que abandonen sus camarotes y que suban a cubierta sin los equipajes.

La confusión reinante impidió  comprender exactamente el significado de la orden.

Muchos supusieron que se trataba de un inconveniente menor y se dispusieron a ultimar sus atuendos personales.

Sin embargo, la siguiente orden transmitida por los altavoces fue: “Pasar pallete de colisión”, término que en usos marítimos significa obturar con una lona especial la entrada de agua.

La nueva indicación previno a muchos de los pasajeros sobre la gravedad de la situación y esto provocó la alarma que desató los precipitados y desesperados intentos por ganar la cubierta.

Los pasajeros que estaban en el salón corrían despavoridos por los cada vez más inclinados pasillos hacia las cubiertas.

Algunos se chocaban entre ellos, se resbalaban, caían, trataban de levantarse,  una y otra vez. Las corridas comunicaban aún más la desesperación entre los pasajeros.

Se habían acabado las distinciones entre primera y tercera clase, todos perseguían el mismo objetivo: llegar al sector de lujo del barco para salvar la vida.

Los cuadros más desgarradores los protagonizaban las madres que trataban de aferrarse a sus hijos y los familiares y amigos que se buscaban a gritos por los distintos sectores.

Juan Bautista Ortelli prosigue: “Enseguida al igual que los demás pasajeros subimos a cubierta. Nos hallábamos bastante tranquilos pues todavía el “Ciudad de Buenos Aires no había empezado a hundirse y nos calmaba el tener al lado mismo un buque se elevaba unos seis metros encima del nuestro.

Esperamos que se bajaran los botes del salvamento y el “Mormacsurf” tomara las medidas pertinentes. Sin embargo, por más que los marineros se esforzaban en bajar los botes ello resultó imposible, pues los mecanismos correspondientes no funcionaban y las cuerdas no corrían, seguramente porque hacía años que no se ponían en funcionamiento.

Tampoco el “Mormacsurf” nos hizo llegar el auxilio esperado. Solamente cuando el Ciudad de Buenos Aires estaba ya casi completamente hundido mandó un bote.”

El toque de gracia

Seguidamente se produjo un segundo choque.

El “Ciudad de Buenos Aires” tardó 18 minutos en hundirse, luego del segundo topetazo del “Mormacsurf”.

Existen dos versiones sobre este otro choque. Uno señala que el barco norteamericano se acercó al “Ciudad de Buenos Aires” para proceder al trasbordo de pasajeros y otra que fue para hacer que el buque argentino encallara y no fuera llevado a la deriva por la fuerte correntada.

Por su parte el carguero estadounidense también sufrió averías y lanzó al agua dos botes.

Algunos testimonios señalan que éstos botes rescataron náufragos y otros que sólo se dedicaron a realizar el reconocimiento de los daños sufridos en el “Mormacsurf”

En tanto los pedidos de auxilio del “Ciudad de Buenos Aires” pusieron en alerta a varias chatas que navegaban por la zona, entre ellas la “Don Pedro” y la “Don Bautista”.

Ortelli atestigua: El “Mormacsurf” volvió a empujarlo al “Ciudad de Buenos Aires” haciéndolo inclinar aún más. Fue en estos momentos que fuimos prácticamente chupados hacia abajo por el agua. Mi señora y yo, que teníamos a la nena en una mano, nadamos para tratar de volver a la superficie. Pese al esfuerzo que hice para sostener a la nenita, la corriente se la llevó”. Termina el relato con lágrimas en sus ojos

Las escenas eran escalofriantes. Con el segundo choque muchos cayeron al agua y trataban desesperadamente de mantenerse a flote en medio de una enorme mancha de fuel oil derramada por los tanques del “Ciudad de Buenos Aires”.

Agitaban las manos en medio de la noche y gritaban a la espera de que desde alguna barcaza los escucharan o los divisaran. Entretanto, el frío los iba entumeciendo y muchos no pudieron resistir la espera.

Se escurrían como peces

La tarea de rescate se veía dificultada por la escasa visibilidad en medio de la noche y la espesa niebla, y sobre todo por el combustible del que estaban impregnados los náufragos. Esto impedía rescatarlos desde las chatas ya que la gente se les escapaba de las manos.

Las operaciones concluyeron cuando ya no pudieron encontrar sobrevivientes.

La mayor parte de los náufragos del “Ciudad de Buenos Aires” fueron llevados a las ciudades uruguayas de Nueva Palmira y Carmelo, donde fueron recibidos con muestras de solidaridad sorprendentes.

En el muelle hubo escenas desgarradoras. Había madres a quiénes nadie podía consolar. Habían perdido a sus hijos. A muchas de ellas se les habían resbalado de las manos por la correntada o por la viscosidad de petróleo.

Noticias confusas

En tanto las noticias en los primeros momentos, llevaron confusión y no coincidían con la realidad.

El primer cable sobre la tragedia señalaba que “aparentemente no había víctimas”. Lo que luego quedaría desmentido de plano, ya que hubo 94 desaparecidos, muchos de ellos miembros de la tripulación, entre los que se encontraba el capitán Silverio Brizuela, que había resuelto hundirse con el barco.

Los cuerpos de muchos de los náufragos serían hallados mas tarde en las costas uruguayas, pero en la mayoría de los casos sólo el río podría dar cuenta de lo que pasó finalmente.

  Lic. Florencia Cattaneo

 Fuentes: Hemeroteca digital: Diario el Litoral. Ediciones del 27,28 y 29 de agosto de 1957

Adriana Carrasco; Catástrofes en el Mar