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De naufragios y tesoros

by | Relatos de Navegantes

Corría mayo de 1866 y las velas del “General Grant”, henchidas por el viento, se despedían, esta vez para siempre, de Australia.

El destino final del viaje debía ser Inglaterra, donde muchos pasajeros pensaban descansar luego hacer una considerable fortuna en las minas de oro de Melbourne.  

El General Grant era un Clipper. Un barco rápido y cumplidor, pero nada del otro mundo.

El cargamento del clipper incluía 2057 fargos de algodón, cueros, pieles, y maderas; 9 toneladas de cinc y 73 kilos de oro en dos arcones de hierro.

El casco era de madera de roble blanco y de pino, y no tenía motor de vapor que ante la ausencia de viento pudiera suplir a las velas.

El General Grant fue botado en 1863 y su costo fue de 81.166 dólares. Tenía 55 metros de eslora y un peso de 1.103 toneladas.

Entre sus comodidades contaba con camarotes para 15 pasajeros de primera clase y con literas para 41 pasajeros de tercera. La tripulación alcanzaba a los 17 miembros.

El viaje final

En esta travesía el capitán del “General Grant” decidió tomar la ruta del cabo de hornos para aprovechar el buen viento del oeste.

Pero nunca llegarían a este punto.

El inconveniente de ese derrotero fue el desconocimiento de los arrecifes e islas que no figuraban en las cartas de navegación, y sobre todo la ignorancia en las corrientes marinas de la zona.

La travesía parecía marchar en principio a las mil maravillas, y los pasajeros gozaban con la manera en que el “General grant” cruzaba como flecha los mares del sur.

Todo daba la impresión de estar perfecto hasta el 11 de mayo, cuando el cielo se cubrió de extrañas nubes oscuras y se respiraba una calma sospechosa que no era perturbada por la menor ráfaga de viento.

Luego, la niebla se tornó infernal y recién dos días después tuvieron visibilidad suficiente para darse cuenta que estaban frente a un arrecife.

La formación coralina era una enorme masa negra, aparentemente de unos 120 metros de largo.

Por la ausencia de viento y efecto de la corriente el barco quedó derivado peligrosamente hacia el arrecife, sin que hubiese forma de contrarrestar el movimiento.

Perdidos en el océano

La formación estaba ubicada cerca de la isla Disappointment (que en inglés significa, premonitoriamente, decepción), pero el capitán había perdido noción de donde se encontraba con exactitud.

A la una de la mañana del 14 de mayo, el “General Grant”, impelido por una fuerza misteriosa, entró en una caverna dentro del arrecife.

El palo mayor se quebró como consecuencia de haber tocado el techo de la cueva y la nave se inclinó dentro de la caverna.

Antes del amanecer, la veloz embarcación de madera se hundió y solamente sobrevivieron 15 personas. El capitán del “General Grant” pereció dentro del buque junto con la mayoría de los pasajeros.

Náufragos

Los náufragos sobrevivientes lograron salir trabajosamente de entre las rocas, y milagrosamente había también mujeres entre ellos, que a pesar de las incómodas vestimentas de la época hicieron un esfuerzo sobrehumano para salvar su vida.

Un nuevo milagro fue que algunos de los botes de salvamento se hubieran desprendido de la embarcación. Estas pequeñas challupas les permitieron salir de la oscura caverna.

Los sobrevivientes del “General Grant” remaron sin parar durante dos días hasta que llegaron a la isla de Auckland.

Agotados por el esfuerzo, establecieron allí un campamento.

Las Auckland están ubicadas al sudoeste de nueva Zelanda, son montañosas y están pobladas de focas.

 El líder Irlandés

A falta de capitán, el liderazgo lo tomó un buscador de oro irlandés llamado James Teer.

El origen de su liderazgo residía en el hecho de que llevaba consigo fósforos que no se habían humedecido. Esa fue la herramienta que permitió al grupo salvarse.

Aquella fogata ayudada por el aceite de foca, logró mantenerse encendida durante un largo año y medio.

Teer brillaba por sobre los demás, su espíritu de buen organizador lo convirtió en el patriarca que logró mantener al grupo unido mediante una férrea disciplina.  

Predicaba con el ejemplo, trabajando más que cualquier otro, cazando, buscando raíces y peces, cuidando a la gente y oteando el horizonte en espera de algún barco.

La única esperanza del pequeño grupo de náufragos residía exclusivamente allí, en la función del vigía que avistara el momento en que apareciera una vela, por pequeña que fuese. 

Pequeña sociedad

En tanto, la vida en la isla debía continuar con toda la normalidad que fuera posible.

De eso dependía la supervivencia del grupo. Así, lentamente, fueron construyendo una pequeña población, construyeron chozas, domesticaron cerdos salvajes y comenzaron a criarlos.

A partir de la caza de focas iniciaron una industria artesanal: extrajeron sus pieles para vestirse, aprovecharon su carne y usaron el aceite como combustible.

Con el tiempo y a pesar del liderazgo de Teer, las diferencias fueron haciéndose más visibles.

En el grupo había ingleses, galeses, escoceses e irlandeses: gentes de distintas religiones y de diferentes estados civiles: Había matrimonios como el de Joseph y Ann Jewell que se habían salvado juntos, y hombres y mujeres solas.

Teer trataba de que se mantuviera el respeto por las mujeres solas.

Así fue como el grupo que disentía con la disciplina de hierro del irlandés, formado sobre todo por ingleses varones solos, se distanció de la población original y se fue a vivir a otro rincón de la isla.

Con el tiempo y al ver que la vida se les hacía muy difícil, sobre todo porque habían tenido serias dificultades en encender fuego, decidieron retornar.

El buen sentido logro prevalecer y al cabo de pocos días estuvieron nuevamente todos juntos en una misma aldea.

Luego de unos días de solucionado el inconveniente, surgió en otros cuatro náufragos el deseo de abrirse camino solos, pero con la finalidad de ayudar a todo el grupo

Así, cuatro sobrevivientes del “General Grant”, contra la voluntad y el sentido común del líder James Teer, decidieron correr el gran riesgo de abandonar la isla y hacerse a la mar en uno de los pequeños botes que se habían salvado del naufragio, al que adosaron una vela confeccionada con fina piel de foca.

Ninguno de los cuatro hombres era navegante, ni siquiera disponían de una carta de navegación, un sextante, o una brújula.

Por desgracia, las corrientes del océano Pacífico, los arrastraron al medio del mar, donde es de presumir que sucumbieron. Nunca se los volvió a ver ni fueron encontrados sus cuerpos.

El ánimo de la pequeña población de Auckland, reducida a once personas, quedó por el piso al ver que pasaban los días y los cuatro valientes no daban señales de vida.

La situación llegó a su peor momento cuando pocos días después uno de los sobrevivientes murió envenenado luego de haber consumido unos hongos extraños.

El rescate

Recién el 21 de noviembre de 1867, un año y medio después de la tragedia, el empeño del pequeño grupo fue recompensado cuando tuvieron la suerte de avistar una vela.

James Teer que como siempre se mantenía atento a lo que ocurría en el horizonte, fue quién avisó a la reducida población de Auckland, compuesta entonces por diez personas al borde de la desesperación.

El patriarca Irlandés dio la orden de que un pequeño grupo saliera en otro de los botes ya provisto de velas de piel de foca, para dar alcance a la nave que habían avistado. Se trataba del “Amherst”, un barco que llevaba una tripulación compuesta por cazadores de foca que hacía tiempo no se dirigían a las islas Auckland.

El capitán de la nave se ofreció a llevar a los sobrevivientes del “General Grant” directamente a Nueva Zelanda, su puerto de base, Pero James Teer decidió que todos debían quedarse, como muestra de gratitud, a ayudar a los gentiles marineros a atrapar focas, lo que se había convertido en la especialidad de los náufragos.

Así transcurrieron los días hasta que el “Amherst” se llevó a la reducida decena de sobrevivientes del “General Grant” a Nueva Zelanda.

 El Tesoro

Hasta 1876, varios sobrevivientes del naufragio hicieron intentos separados de rescatar el oro del clipper hundido.

Ninguno de estos intentos tuvo éxito, e incluso en uno de ellos, David Ashworth, en 1870, perdió la vida a pesar de haberse salvado del naufragio.

En 1912 se dijo que el oro y los demás metales que había en el “General Grant” podían alcanzar un valor de medio millón de libras. Mientras se hacían estas especulaciones, se hundía el Titanic con un tesoro tal vez mayor.

Sin embargo, la tentación del oro de Melbourne llevó a realizar varias expediciones en busca de pepitas y tal vez lingotes. Una de ellas fue organizada por el aventurero E.C. May, pero su empresa terminó en la bancarrota.

No obstante los buscadores de oro no se daban por vencidos. En 1916 lograron penetrar en la que creyeron era la caverna donde se había internado el “General Grant”.

Pero sufrieron una considerable desilusión al no encontrar señales del clipper ni del oro.

Ya en 1934 se calculaba que las riquezas que llevaba el pequeño clipper ascendían a casi cinco millones de libras esterlinas. De ahí que continuaran realizándose intentos de rescatar el tesoro.

El último fue en 1969. Desde entonces los buscadores de oro consideraron que el costo había sido suficiente y que era mejor dejar al “General Grant” y a sus muertos descansar en paz.

Fuente: Nigel Pickford; Atlas de Tesoros hundidos

Adriana Carrasco; Catástrofes en el Mar