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Del paraíso al infierno

by | Relatos de Navegantes

Escritor busca esposa durante un año para vivir en una desierta isla tropical.

En enero de 1981, a los 25 años de edad Lucy Irvine respondió este anuncio publicado en la la revista Time Out . A partir de aquí su vida cambió para siempre.

Irvine, ex oficinista y camarera, estaba aburrida, inquieta y con ganas de hacer algo diferente.

El autor del anuncio era Gerald Kingsland.

Tenía 49 años, era escritor y editorialista.

Divorciado por segunda vez, Gerald quería vivir como Robinson crusoe y sólo necesitaba una joven muchacha que lo acompañara en su aventura.

La Isla de la fantasía

Desde tiempos inmemoriales las islas han despertado en el hombre misterio y fascinación. Se proponen en el imaginario como un modelo de paraíso en el que se puede cumplir el sueño de una vida natural, pacífica y feliz.

Esta historia habla de un hombre y de una mujer que decidieron concretar la fantasía conjunta de una existencia autosuficiente en una isla lejana y desierta, en la que pudieran olvidarse del mundo, por lo menos durante algún tiempo.

Irvine conoció a Gerald en Londres y luego de algunos encuentros decidieron que el lugar para su idílica experiencia sería en la isla de Tuin (o Barney) situada en el estrecho de Torres

Este estrecho contiene un grupo de 270 islas en la franja de agua que separa Australia de Papúa, Nueva Guinea.

Tiene 150 km de ancho, es muy poco profundo, y el laberinto de arrecifes e islas lo hace muy difícil de navegar.

Los preparativos

Desgraciadamente los recursos económicos de la pareja no estaban a la altura de sus ideales.

Gerald estaba en banca rota y Lucy tuvo que disponer de su dinero para la compra de los dos pasajes de avión de Inglaterra a Australia.

No les quedó demasiado para equiparse y comprar provisiones.

En 1982 con todo alistado decidieron partir para la isla de Tuin.

Pero, inesperadamente el gobierno Australiano les negó la posibilidad de instalarse en la isla si previamente no se casaban. Insistieron en que contrajeran matrimonio, aunque fuera de conveniencia.

Lucy aceptó casarse con Gerald y continuar con el plan

Debían convivir como Robinsones marido y mujer, en el supuesto paraíso de una isla tropical, sin ayuda exterior.

Infierno en la isla

Durante algún tiempo su hogar fue una carpa de campamento de dos plazas.

Kingsland supuso que naturalmente la proximidad bastaría para que Irvine asumiera los deberes conyugales de una esposa.

Pero Lucy no quería saber nada de eso. Se dedicaba a explorar la isla, un lugar por el que llegaría a sentir pasión.

Las tareas de pescar y de recoger fruta y cocos ocupaban gran parte de su tiempo y de sus esfuerzos, ya que en la isla no había mucha comida disponible.

Kingsland estaba furioso por la intransigencia de Irvine y se angustiaba por las horas que pasaba lejos del campamento.

Gerald llegó a suponer que ella había conseguido un amante indígena y le reprochó la insensibilidad con la que le trataba.

Irvine, por su parte, no hacía más que preguntarse: ¿Por qué tengo que estar atrapada en esta isla con él? ¡Justo con él cuando podría estar con otro en este lugar maravilloso!

La vida en la isla era dura: el agua y los alimentos eran escasos, y cuando la pareja no estaban peleando, estaban frente a la sequía, las enfermedades y las lesiones.

Gerald sufría las picaduras de insectos y Lucy había perdido mucho peso y hasta llegó a comer frijoles venenosos.

Si bien, convertirse en náufrago por voluntad propia no es lo mismo que serlo por obra de la fatalidad, los efectos para el náufrago son prácticamente los mismos.

Y como lo señala Khalil Gibran, el miedo al infierno es el mismo infierno, mientras que el paraíso en sí radica en el deseo del paraíso; la realidad y la fantasía se encuentran suspendidas en algún punto intermedio.

Es probable que el “matrimonio” obligado contribuyera a las dificultades emocionales que, junto con las dificultades propias de vivir en una isla llana, seca y terriblemente calurosa a diez grados del Ecuador, provocarían el distanciamiento que hizo de la convivencia entre esta pareja dispareja un verdadero infierno.

La llegada de los otros

Afortunadamente, luego de unos meses convivencia, la pareja recibió visitas de unos habitantes indígenas de la vecina isla Badú.

Los vecinos eran amigables y tenían ganas de ayudar. Construyeron un refugio más sólido para los “náufragos”, les enseñaron a tejer las hojas de palma y les trajeron comida y agua.

Cuando la salud de los Robinsones empezó a decaer, enviaron dos enfermeras para que cuidaran de ellos y en realidad, estas atenciones médicas y alimenticias les permitieron subsistir en la isla.

Los isleños los “adoptaron” e invitaron a la pareja a las festividades nativas. Esto fue una salvación para Lucy que ya no aguantaba las actitudes posesivas de Gerald.

Cuando los isleños descubrieron que Kingsland era una especie de genio con los motores, su destino estaba escrito.

Gerald era demandado como mecánico de motores de las barcas de pesca y demás artefactos mecánicos que la comunidad empleaba a diario.

Gradualmente la demanda de sus servicios aumentaba y los nativos empezaron a depender de las habilidades de Kingsland. A los ojos de Irvine, éste pasó de ser maleducado y grosero a convertirse en un individuo “vital, ingenioso y seguro de sí mismo”.

El regreso y el éxito

Cumplido el año en Tuin, Irvine regresa a Inglaterra.

Kingsland decide permanecer en la isla por algún tiempo más como miembro de la comunidad local.

Al parecer había encontrado el paraíso que buscaba.

Y aunque originalmente Kingsland tenía la intención de escribir un libro acerca de esta aventura, fue el libro escrito por Irvine el que capturó la curiosidad y el interés de la gente.

En 1983, “Castaway” se convirtió en best-seller  y en 1986 se realizó la exitosa película con el mismo nombre, protagonizada por Amanda Donohoe como Irvine y Oliver Reed como Kingsland.

Lic. Florencia Cattaneo

Campo Embarcaciones

Bróker Náutico

Fuentes:

Peter D. Jeans; Mitos y Leyendas del mar

Wikipedia; Islas del Estrecho de Torres

Lucy Irvine; Náufragos

Film: “Náufragos”; Nicolas Roeg