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El bautismo de Neptuno

by | Relatos de Navegantes

Se reunió a la tripulación en entre el palo mayor y el trinquete, cuando alguien exclamo desde proa:

-¡Ah del barco!

-¿Quién nos llama?- bramó el capitán

-Es el rey Neptuno respondió uno de los marineros.

-Que suba a bordo -ordenó el capitán.

Entonces apareció un curioso grupo presidido por el mismísimo viejo Neptuno, con una barba y una peluca de cabo amarillo.

Con una mano tatuada sujetaba el mango de un bichero que servía de tridente y vestía un fragmento de vela con un cinturón de piel. Llevaba al cinto la navaja de Neptuno, un arma enorme de hierro y madera, digna de una opereta.

La primera de su comitiva era su esposa Anfítrite, una reina con aspecto masculino, seguida por lo secuaces del rey que llevaban una gran tina, que no tardarían en llenar de agua. Neptuno se plantó delante de los tripulantes reunidos y dijo algo como:

-Hay participantes a bordo de esta embarcación a los que Neptuno jamás ha afeitado y bautizado; ¡que se presenten!

A continuación cada víctima tenía que sentarse en un balde mientras se realizaba la bufonería de rigor.

En primer lugar le preguntaban cómo se llamaba y cuando abría la boca para responder, le sacudían en la boca un lampazo sucio empapado de grasa y jabón, que le aplicaban en toda la cara.

A continuación le “afeitaban” con la navaja de opereta y le echaban hacia atrás para sumergirle en la tina de agua de mar, de la que salía bautizado como veterano.

Había cruzado la línea del ecuador y tenía derecho a llamarse navegante de alta mar.

Certificado de Navegante de altamar

Según una costumbre antigua, el momento de cruzar la línea del ecuador es la ocasión para iniciar a los pasajeros o tripulantes que no lo hayan cruzado en algunos de los misterios del mar.

A una hora conveniente del día en que el buque haya pasado de un hemisferio al otro, se reúne a todos los que no hayan cruzado con anterioridad para que lidien con el rey Neptuno y su corte.

El rey Neptuno, al que solía interpretar uno de los miembros menos cohibidos de la tripulación, aparecía con gran escándalo en el castillo de proa, ataviado con un atuendo digno del viejo dios del mar, cubierto de algas, con una corona de oro en el pelo empapado y un tridente en la mano.

Su esposa la reina Anfítrite, aparecía a su lado con un aspecto tan temible como el de su esposo, ya que solía interpretarla uno de los curtidos marineros de la cubierta de proa.

El resto de la corte real consistía en un barbero de aspecto malvado, un cirujano cuya misión también era inspirar pavor y una tropa de ninfas y osos; el papel de las primeras era el de representar a las criaturas mágicas que poblaban los fondo marinos, mientras que los osos debían aparecer por su reputada capacidad de crear el caos cuando fuera necesario.

El rey y su variopinta pandilla campaban a sus anchas por la embarcación durante algún tiempo, hasta que se reunían junto a una gran tina llena de agua de mar, donde empezaba la diversión.

Se reconocía y premiaba de algún modo a los veteranos de travesías anteriores, y a continuación hacían desfilar a los novatos ante el rey Neptuno, se les exigían que dieran explicaciones, se recibían los servicios displicentes del barbero y el cirujano, y se los sumergía uno por uno en la tinaja de agua de mar, donde las ninfas y los osos se aseguraban de que cada iniciado acabara empapado.

En reconocimiento de la experiencia cada novato recibía un certificado que garantizaba su exención de ceremonias posteriores si osara cruzar de nuevo.

El origen de estas bufonadas ceremoniales al cruzar el ecuador se debe buscar en la necesidad que sienten los navegantes de presentar ofrendas y apaciguar a los dioses del mar como Neptuno.

Pero… ¿Quién es Neptuno?

Según la mitología romana, Neptuno era el antiguo dios del mar.

Tenía fama de tener mal genio. Las tempestades y terremotos reflejaban su rabia furiosa. Era representado como un hombre maduro y barbudo con un tridente en la mano y solía ir sentado en un caracol de mar tirado por caballos de mar

A menudo en sus representaciones, uno de sus pies descansa en alguna parte de una embarcación, para no dejar duda sobre quién estaba al mando del reino acuático.

Neptuno eligió el mar como morada y en sus profundidades existe un reino de castillos dorados. Con su poderoso tridente agita las olas, hace brotar fuentes y manantiales.

Además, Neptuno habría dado forma a las costas, habría arrancado trozos de montañas para formar los acantilados y habría pasado la mano por el litoral para dejar suaves playas y abrigadas bahías en las que los barcos encontraban refugio.

El dios de los mares es un muy peligroso e inestable, con sus emociones puede provocar desde terribles tormentas y tempestades hasta olas más tranquilas y pacíficas, por lo que nunca nadie intenta provocarlo sin un importante motivo.

Era el dios que sostenía el planeta, porque el océano rodeaba la Tierra y era evidente que Neptuno desde los mares, soportaba el peso de la tierra.

Un día Neptuno vió a la ninfa acuática Anfitrite bailando en la isla de Naxos y se enamoró de ella. Rápidamente le pidió que se casara con él, pero ella se negó.

Sin embargo, sin desanimarse por el rechazo de Anfitrite, Neptuno envió a unos de sus criados, un delfín a buscarla.

El delfín la encontró, y le rogó mucho por Neptuno y fue tan persuasivo que la hizo cambiar de parecer. Como recompensa por encontrar y regresarle a Anfitrite, Neptuno inmortalizó al delfín al ubicarlo en el cielo como la constelación Delphinus.

Anfítrite se convirtió en la diosa del mar. Se la representa en una cuadriga de conchas marinas, tirada por varios animales del mar.

Neptuno también era el dios de los caballos y de las hazañas ecuestres, por lo que a menudo se lo puede ver con una fusta en la mano.

Este dios es un rey inseparable de sus caballos. Por esta y más razones, se le simboliza con un caballo. Neptuno no viste con ropajes suntuosos, ya que su aspecto es suficiente para demostrar su poderío.

Los ingleses consideraban que Neptuno protegía su país, sin duda porque vivían en una isla y dependían por completo del océano para comerciar.

En inglés, “las ovejas de Neptuno”, son las cabrillas blancas que levanta el viento en las olas de mar.

Costumbres paganas

La primera ocasión documentada en que Neptuno visitó una embarcación fue en 1702 en el Dictionnaire nautique de Aubin.

La tradición era mucho más salvaje cuando navegaba el capitán de navío Frederick Marryat (1792-1848).

En aquel entonces los novatos pasaban un mal trago. El trato rudo era lo más habitual y pobre de aquel que fuera impopular entre la tripulación porque siempre se llevaba la peor parte.

La costumbre en las embarcaciones francesas del siglo XVII era que Neptuno, interpretado por el segundo oficial, iniciara a todos los novatos por el sencillo método de fustigarles con una espada de madera y echarles un balde de agua de mar en la cabeza.

A medida que el cristianismo fue suplantando las religiones paganas, los santos reemplazaron a las viejas deidades. A principios del siglo XVI, los franceses instituyeron un galardón en vez de los sacrificios anteriores: Los novatos que doblaban ciertos cabos por primera vez eran proclamados caballeros de la orden de los Chevaliers de la Mer.

Más adelante, el cruce de cualquiera de los trópicos se celebraría con una ceremonia parecida a la que hoy se reserva para el paso del ecuador.

Fuente: Peter D. Jeans; Mitos y leyendas del mar