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Mary leyó la carta sorprendida: “Me encuentro en una embarcación de tripulación reducida navegando hacia ti”- corría el mes de mayo de 1946 y estás eran las únicas noticias que tenía de su esposo John desde hacía ya varios meses.

John Caldwell, un marinero norteamericano de la marina mercante al finalizar la segunda guerra se encontraba en Sydney. Allí conoció a Mary, una bella muchacha de Melbourne.  

Tras un breve romance, contrajeron matrimonio.

Pero, tres días después de la boda la luna de miel se convertiría en despedida. Terminada la guerra se necesitaban marineros competentes y John no tuvo más remedio que embarcarse en un viaje a Nueva Guinea y Borneo que en principio debía durar sólo 6 semanas

Mary y John se despidieron con la ilusión de un reencuentro próximo, pero nunca podrían haber imaginado que en realidad pasarían más de 18 meses hasta que se volvieran a ver.

Enseguida vuelvo

Durante el viaje de regreso a Nueva Guinea, llegó una orden de la naviera de desviar el barco en el que viajaba Caldwell hacia Manila. Una vez allí tuvo que salir rumbo al canal de Panamá, las Antillas, Honolulu, Yokohama y Shangai.

Regresaron a Panamá y de ahí a Inglaterra y por último recalaron en la ciudad de Nueva York, donde por fin permitieron a Caldwell desembarcar.

A partir de aquí es donde comienza su auténtica aventura

En Nueva York, buscó y buscó pero dadas las apremiantes necesidades marítimas de las naciones aliadas no encontró ningún pasaje que le llevara de regreso a Australia.

Decidió entonces, embarcarse en un mercante holandés como polizón y dirigirse a Panamá. Fue descubierto a poco de comenzar el viaje y lo encarcelaron en Panamá. 

Al salir de su breve estancia en el calabozo, Caldwell decidió tomar el toro por las astas y compró un velero de 29 pies llamado “Pagan” y a finales de mayo de 1946 estaba listo para emprender la travesía transoceánica que lo reuniría con Mary.

Fue entonces que escribió a Mary para avisarle que se encontraba “en una pequeña embarcación de tripulación reducida, navegando hacia ti”. Entonces zarpó en su largo viaje a la lejana Australia, acompañado de dos gatitos.

Lo interesante del tema era que Caldwell no sabía absolutamente nada de navegar a vela.

A pesar de su experiencia en la marina mercante, jamás había puesto un pie en un velero ni sabía nada del arte de la navegación.

Antes de partir, compró un libro titulado “Aprenda A Navegar”.  Mary aún lo esperaba en Australia, así que nada lo detenía

Un comienzo de mal agüero

La salida de Caldwell del Club Náutico de Panamá habría desesperado al más inexperto de los marineros.

Con el motor en marcha y la caña amarrada con fuerza, fue a proa para recoger el ancla y la cadena, que estaban en cubierta, pero tropezó y cayó al agua con el ancla en sus manos.  

Afortunadamente dejó caer el ancla y pudo regresar a la superficie. Desesperadamente comenzó a nadar hacia el “Pagan” que avanzaba por el puerto, con el ancla colgando.

Fue entonces cuando, el velero chocó con un amarre y viró hacia Caldwell, quién logró subir a bordo.

Con el motor en marcha, el ancla en el agua y la caña amarrada, izó la mayor mientras arreciaba la brisa…y se varó de inmediato.

Aquélla fue una de las expediciones más insensatas emprendidas jamás. Y todo por Mary

Viaje desesperado

Cinco meses después de su salida de Panamá, un huracán desarboló al Pagan.

Caldwell fabricó un aparejo de fortuna. Debilitado por el hambre y la sed, se dirigió a Samoa, donde esperaba reparar el velero.

Sin embargo, sus instrumentos de navegación se habían descompuesto durante el temporal y pasó de largo la isla.

Navegó otros treinta y seis días en las inmensidades del Pacífico occidental. Había treinta centímetros de agua en el camarote, de una vía de agua que no lograba encontrar y prácticamente se había quedado sin agua potable.

Logró pescar un pez tropical muy poco apetitoso, pero lo frió en aceite para el pelo y se comió hasta el último fragmento: carne, piel, escamas, cabeza y huesos.

A continuación Caldwell fabricó un arco, con clavos y tiras de pino improvisó unas flechas y después de muchas horas de esfuerzo agotador logró cazar un ave marina; la destripó y la devoró antes de que dejara de patalear.

Tenía un hambre tan atroz que incluso hirvió un zapato, cortó la suela en tiras, la engrasó con aceite para el pelo (al parecer iba bien surtido de este producto capilar) y se la comió de un saque.

Acabaría bebiéndose lo que le quedaba de aceite para el pelo cuando se le acabó el agua.

Finalmente Caldwell naufragó en Thuvatha, una de las islas Fidji. Había recorrido seis mil millas desde Panamá pero aún le separaban dos mil millas de su amada Mary, que esperaba pacientemente el regreso de su esposo, aunque no sabía exactamente de donde tenía que regresar.

Los isleños atendieron a Caldwell hasta que se repuso y muchas semanas más tarde, un velero que hacía transporte de cabotaje lo acercó a Suva, en la isla de Viti Levu (Fidji). Tras muchas dificultades más, Caldwell logró llegar a Sydney en un vuelo miliar.

Mil sueños se han cumplido…

Mary le esperaba junto a la pista de aterrizaje y en palabras de Caldwell: “Mil sueños se habían cumplido…Mil tribulaciones en el mar se habían terminado”

Tras su vuelta, escribió “Desesperado viaje” (Little Brown, 1948) y terminó sus estudios universitarios, graduándose con mención en sociología en 1949.

El libro ha sido criticado por extravagante. (“John, tú realmente has comido suela de zapato fritos en aceite?”), Pero más allá de la veracidad, su atractivo reside en la narrativa de su odisea.

Casi sesenta años más tarde, la familia Caldwell es propietaria de un centro vacacional especializado en la navegación, en Palm Island, una isla en las Antillas.

La isla inicialmente se llamaba Prune Island pero la labor de John y Mary plantando cocos le dieron un aspecto más tropical a un terreno que oscilaba entre el desierto y el pantano, esta tarea le valió el apodo a de Johnny Coconut (Johnny Cocos).

John Caldwell falleció en 1999. Aún conservaba la esperanza de recuperar los restos del Pagan, que yacían medio enterrados en una playa de Thuvatha, como recuerdo de “las alegrías de la juventud y la aventura”

Lic. Florencia Cattaneo

Fuente: Mitos y Leyendas del Mar; Peter D. Jeans