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¡Atrás! ¡Fuera de mi vista! ¡Que la tierra os oculte! Vuestros huesos no tienen médula, vuestra sangre es fría; ¡Carecéis de especulaciones tras esos ojos con los que miráis con tanto odio!

William Shakespeare, Macbeth

Desde el primer día en que los navegantes se hicieron a la mar y viajaron a lugares desconocidos, los marinos han contado aventuras fantásticas y acontecimientos más exóticos que la ficción misma.

Los misterios marinos abundan en la literatura. Era habitual que los navegantes malinterpretaran o deformaran gran parte de lo que veían.

La ignorancia sobre los fenómenos naturales dio lugar a peculiares historias. Los relatos cambian un poco cada vez que se cuentan y con los años muchas de estas historias se consideraron exageraciones o incluso fantasías.

El misterio de la goleta Jenny

A mediados del siglo XIX ocurrió un incidente que suscitaría la curiosidad del más escéptico de los observadores.

El 22 de setiembre de 1860, al sur de Australia el capitán Brighton del ballenero Hope anotó en su cuaderno de bitácora que habían dado caza a una ballena hasta el límite de la barrera helada de la Antártida.

Una hora más tarde Brighton hizo otra anotación en el cuaderno que dejaría impresionados y perplejos a los conocedores de la mar.

Acababa de subir a cubierta cuando la enorme muralla de hielo comenzó a desgajarse y con gran estruendo los acantilados de hielo se precipitaron al mar.

Afortunadamente el Hope se encontraba a unos cien metros de distancia y estaba a salvo del derrumbe.

De pronto la tripulación comenzó a exclamar y señalar con pavor; del interior de una de las brechas abiertas en la pared de hielo acababa de aparecer lentamente un barco.

La jarcia estaba recubierta de hielo y nieve, las velas no eran más que unos jirones congelados y el barco estaba gravemente dañado, pero seguía a flote.

Sin embargo, lo que realmente había espantado a los hombres del Hope era la tripulación de aquel naufragio flotante: Se distinguían siete hombres de pie, duros como estatuas envueltos en una capa de hielo tan duro como el acero.

Brighton pidió un bote para acercarse a investigar; subió a bordo y exploró el barco en busca de alguna pista.

En uno de los camarotes halló el cuerpo de una mujer, perfectamente conservada, como los demás tripulantes, por el gélido clima de la  región.

Cuando abrió el camarote del capitán, se encontró con un hombre sentado frente a su escritorio, con una pluma en la mano para escribir en el cuaderno de bitácora; se trataba sin duda del capitán.

Brighton le dirigió algunas palabras pero el hombre permaneció callado, estaba muerto y congelado hasta la médula. Entonces, el capitán Brighton consultó el cuaderno de bitácora: El barco era una goleta inglesa llamada Jenny, que había recalado por última vez en el puerto peruano de Lima. La última anotación afirmaba: “llevamos 71 días sin comida”.

La anotación estaba fechada el 4 de mayo de 1823.

La goleta Jenny había pasado alrededor de 37 años atrapada entre las paredes del hielo Antártico.

Los tripulantes del Hope organizaron un funeral marítimo para los nueve fallecidos y a su regreso a Inglaterra, el Capitán Brighton entregó el cuaderno de bitácora y relató a las autoridades navales la insólita historia de la Goleta Jenny, prisionera del hielo.

Las misteriosas Flannan

En diciembre de 1900 ocurrió un suceso misterioso en las islas Flannan, una desaparición que jamás se ha podido explicar del todo.

A unas treinta millas al noroeste de la costa escocesa se encuentran las islas Hébridas exteriores.

La más septentrional se llama Lewis y unas 20 millas más al oeste se encuentran las islas Flannan (también conocidas como los siete cazadores).

Las Flannan son un conjunto de islas e islotes repletos de peñascos, dominados por la isla de Eilean Mor, de unos quinientos metros de largo por unos doscientos de ancho.

Estos islotes se habían convertido en una maldición para las rutas marítimas y por ello, en 1899 se construyó un faro en Eilean Mor.

El faro medía 23 mts de altura y su luz era tan potente que se alcanzaba ver a cuarenta millas de distancia.

La dotación del faro era de cuatro hombres, de los cuales siempre había tres en el islote; cada trabajador pasaba seis semanas de guardia y dos semanas de descanso en tierra firme.

El vapor Hesperus les llevaba el correo y las provisiones cada dos semanas, junto con el cuarto hombre que regresaba de su permiso en tierra.

El 6 de diciembre de 1900, Joseph Moore zarpó en el Hesperus para disfrutar de su descanso y dejó en la isla a Donald McArthur, Tomás Marshall y James Ducat.

La fecha de regreso de Moore era el 20 de diciembre, pero el mal tiempo impidió el viaje que se pospuso para el 26 de diciembre.

Moore estaba preocupado por dos motivos: Primero, porque el retraso del vapor significaba que los habitantes de la isla habían pasado la Navidad sin su correo y sus provisiones; y segundo porque el faro no se había encendido durante varios días, lo cual era motivo de preocupación para navegantes y autoridades por igual.

Finalmente, cuando el Hesperus fondeó frente a la isla y un bote se acercó al embarcadero, Moore aún tuvo más motivos para preocuparse: No se había acercado nadie a recibirle, a pesar de que la llegada quincenal del vapor era todo un acontecimiento en las vidas solitarias de aquellos hombres.

Moore subió por los peldaños tallados en el acantilado e inspeccionó el faro. 

Al llegar comprobó que la puerta estaba cerrada con llave, y tras abrirla notó que no había nadie. Sin fuego en la chimenea, las camas por hacer y el reloj de la pared parado.

Todo estaba dispuesto para comer, pero la comida estaba sin tocar, el único signo de que hubiera ocurrido algo extraño era una silla tirada en el suelo…

No faltaba nada. La maquinaría que hacía girar la lámpara, las lentes y las mechas estaban en perfecto estado.

Los tres hombres habían desaparecido sin más, sin indicar pistas que indicaran una tragedia o algún motivo de preocupación.

La última anotación en el cuaderno databa de las nueve de la mañana del 15 de diciembre y más adelante, los mercantes que circulaban por la zona confirmarían que ese día había dejado de encenderse el faro.

Curiosamente, faltaba la ropa del mal tiempo de Marshall y Ducat, pero la de McArthur estaba en su lugar.

Moore inspeccionó los embarcaderos. El de la costa este estaba en perfecto estado, pero el de la costa oeste mostraba graves desperfectos.

Los pasamanos de hierro que subían por el acantilado estaban muy torcidos y algunos segmentos estaban arrancados de cuajo.

El cuaderno afirmaba que el 12 y el 13 de diciembre el tiempo había sido malo, pero que los días siguientes fueron tranquilos.

¿A dónde habían ido los tres hombres y por qué? Su desaparición jamás se ha resuelto y han transcurrido más de un siglo desde los incidentes.

Sin embargo, se halló una posible explicación al descubrirse que en ciertas condiciones calmadas, podía aparecer de la nada una ola descomunal, que alcanzaba con fuerza la cima del acantilado, a treinta metros sobre el nivel del mar.

Estas olas son un fenómeno conocido que probablemente se deba a una acumulación inusual de olas oceánicas.

Estas olas monarca, como se las conoce en la costa oeste de Australia, han acabado con la vida de más de un pescador desafortunado.

Algunas teorías proponen que el guardafaro que se habría quedado en el faro, al ver olas gigantes aproximarse a la isla, habría salido corriendo para avisar a sus compañeros que podrían haber estado haciendo tareas de mantenimiento en el muelle dañado por la tormenta.

Esta urgencia justificaría la silla caída y que saliera sin impermeable. Pero, aún así, seguiría sin explicar el hecho que la puerta estuviera cerrada con llave.

En 1912, Wilfrid Gibson publicó su famoso poema Flannan Isle. Que pese a carecer de rigor histórico, sembró la sensación de peligro e incertidumbre.

De hecho, fue esta obra más que los acontecimientos reales lo que capturó la imaginación de la gente, creando historias de extraterrestres, secuestros de espías extranjeros, asesinatos de uno matando a los otros dos, sirenas y monstruos marinos.

Fuentes:           Peter D. Jeans; Mitos y Leyendas del Mar

                        Angelo S. Rappoport; El mar: Mitos y Leyendas