Si no visualiza correctamente este mail, haga

Navegante Inmóvil

by | Relatos de Navegantes

 “En las arenas de Magallanes te recogimos cansada,
navegante, inmóvil
bajo la tempestad que tantas veces tu pecho dulce y doble
desafió dividiendo en sus pezones…”

“…Para mí tu belleza guarda todo el perfume,
todo el ácido errante, toda su noche oscura.

Y en tu empinado pecho de lámpara o diosa,
torre turgente, inmóvil amor, vive la vida”….

“A una estatua de proa”, Canto General, Pablo Neruda

Una de las partes mas llamativas de un barco antiguo es, sin duda, el mascaron de proa, escultura que bajo el bauprés, embellece la nave.

En la actualidad el mascarón es algo decorativo, pero en la edad antigua era un elemento importantisimo.

Los mascarones de proa de aquellos barcos representaban animales o dioses del mar o de la guerra que puestos en la proa preservaban a las naves y a sus tripulantes de todo posible mal.

No hay que olvidar que hace dos mil y tres mil años atrás, el mar era el fin de todas las cosas, el límite del pequeño mundo conocido y para adentrarse en él había que encomendarse a todos los seres divinos y sagrados.

Antes de la existencia de los mascarones, los navegantes de la antigüedad llevaban la cabeza de un animal sacrificado a los dioses del mar; más adelante; la cabeza se sustituyó por una de madera tallada que representaba al animal sacrificado constituyéndose en el elemento precursor del mascaron.

Estos primeros mascarones iban dentro del barco y su función era doble; por una parte expresaban un símbolo religioso y por otra trataban de captar la esencia y el espíritu de la embarcación.

Paulatinamente esta talla se instalaría en la proa para que mantuviera la guardia.

En los antiguos buques de guerra se solía instalar el mascarón en la Bobadilla, un mamparo frente al castillo de proa en el que se colocaban los arqueros.

Pero, cuando cambió la tecnología bélica y desaparecieron los arqueros, se instaló en la parte alta de la roda, justo debajo del bauprés.

Esta posición significaba que la figura tallada siempre tenía la vista levantada, especialmente en las proas de los clípers; los navegantes creían que el mascarón siempre debía mantenerse en guardia, con la mirada en el horizonte.

Las medidas de los mascarones iban desde 45 cm hasta verdaderas estatuas de más de 2 metros de alto. Todo esto no era barato ya que las tallas las hacían artesanos especializados.

Los costos pasaron a ser tan altos que, desde 1690, los distintos Almirantazgos comenzaron a reglamentar y limitar el coste y el peso de estos mascarones.

Con el tiempo, las figuras de animales y dioses fueron cambiando de carácter y en muchos barcos construidos a partir del siglo XVIII podían tratarse incluso, de una representación del armador o de un personaje público.

A mediados del siglo XIX se popularizaron los mascarones que representaban figuras femeninas, vestidas o con el pecho desnudo; esto reflejaba la creencia de que una mujer medio desnuda era capaz de amansar a los dioses del mar durante un temporal.

Un detalle curioso es que a veces se cortaba la cabeza de un mascarón cuyo barco hubiera naufragado, para evitar que otra embarcación empleara un emblema que había fallado de forma tan evidente en su deber.

al comenzar el siglo XX, los grandes navíos desecharon los adornos de proa, obedeciendo a las normas dictadas por la ingeniería y construcción naval.

Sin embargo, en los veleros escuela y en algún que otro barco aun pueden verse estas magnificas figuras, verdaderas esculturas del mar.

Este es el caso de La Fragata Libertad. Esta nave lleva un mascarón que representa a la República Argentina en una figura femenina; coronada con el gorro frigio, antiquísimo símbolo de una de las adquisiciones más preciadas por el hombre: La Libertad.

Existe un lugar en Buenos Aires donde puede hallarse una grata colección de mascarones de proa del siglo XIX. Se trata del museo de Bellas Artes Benito Quinquela Martín en la Boca.

El ojo de Horus

Los egipcios, además de llevar a bordo la talla de un pájaro, pintaban dos ojos en la proa de sus embarcaciones para que pudieran “ver” por dónde iban y surcar las olas con mayor seguridad.  

Cualquiera que conozca bien los recovecos del mediterráneo habrá visto barcos de pesca que aún llevan este adorno.

Adoptado también, por respeto y por las dudas, por el conocido navegante francés Bernard Montessier, quien los pintó en las bandas de su querido “Joshua”.

El ojo de Horus, siempre en singular y haciendo referencia al izquierdo, era para los antiguos egipcios un símbolo protector, mezcla de ojo humano y de halcón peregrino.

Cuenta el mito que Osiris, dios del sol en una pelea contra Seth, dios de las tinieblas, fue ahogado por éste y cortado en 14 pedazos arrojados alrededor de la tierra.

Isis, la diosa luna, buscó y encontró todos los pedazos, los unió y dio forma nuevamente a Osiris con quien tuvo a su hijo Horus, el Dios Halcón.

Más tarde Horus, para vengar a su padre, se enfrentó a Seth en una terrible tormenta y logró derrotarlo, pero éste le quitó y destrozó su ojo izquierdo.

Thot reconstruyó los pedazos del ojo de Horus y formó la Udjat, capaz de observar toda la maldad del mundo, y que abierto es luz y cerrado oscuridad.

Los ojos de ella

En inglés estos adornos suelen recibir el nombre de “los ojos de ella”. Ante esta expresión cabe preguntarse por qué en inglés los barcos siempre se consideran femeninos.

Hay por lo menos tres explicaciones posibles. Una es que a pesar de su aspereza y severidad, los navegantes solían apreciar la belleza, especialmente la imagen sobrecogedora de un gran velero lleno de gavias, velachos y juanetes que escoraba con los vientos alisios mientras surcaba los océanos del mundo (“Una embarcación a vela es una dama, un vapor es un amasijo de hierro”, según el capitán Bromley)

Otra explicación posible es que mientras durara un viaje, la embarcación era el único refugio del marinero; vivía a bordo, su seguridad y bienestar dependían de ella, esa compleja combinación de tablones, clavos, perchas y cabos llamaba “velero” era lo que le mantenía vivo.

El barco cuidaría de él siempre que el marinero hiciera lo necesario para asegurar que todo estaba en perfectas condiciones de seguridad y mantenimiento. La embarcación era como una mujer: protectora, acogedora y a veces dispuesta a sacrificarse por sus tripulantes, como lo haría una madre. En palabras del maestro marino Joseph Conrad:

“Efectivamente, tu embarcación necesita que la mimes con conocimiento. Para tratarla debes comprender los misterios de su naturaleza femenina y si lo haces, te será fiel durante el combate con grandes fuerzas que podrían derrotar a cualquiera. Si recuerdas esa obligación, permanecerá y navegará contigo mientras sea capaz de hacerlo.”

La última explicación es la más histórica de las tres. Durante la botadura de una embarcación, se celebra la ocasión rompiendo una botella de vino o con champán en la proa como ofrenda o libación a los dioses del mar, especialmente a Poseidón. Si se considera esta ceremonia como el acto de ofrecer la embarcación como novia al gran océano, es natural hablar de ella en femenino.

Lic. Florencia Cattaneo

Fuentes: Peter D Jeans; Mitos y Leyendas del Mar

Julian Amich Bert; Mascarones de Proa y Exvotos Marineros