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Perdón por hundirlos

by | Relatos de Navegantes

El primero de octubre de 1942, el “City of de Cairo”, estaba en el puerto de Bombay, en la India, dispuesto a zarpar rumbo a su patria, Inglaterra.

A causa de la guerra, para llegar a destino debía rodear el Cabo de Buena Esperanza, en Sudáfrica.

No quedaba otra ruta, dado que el canal de Suez estaba atravesado por flotas alemanas e italianas.

La segunda guerra era la protagonista del momento. Nadie podía ser ajeno a ella.

El “City of Cairo” Llevaba a bordo 161 tripulantes y 150 pasajeros, en una tercera parte mujeres y niños.

En la bodega transportaba algodón y manganeso junto a 2.000 cajas repletas de monedas que a último momento fueron cargadas por soldados del ejército británico.

Por exigencias de la guerra, era usual que los tesoros más importantes viajaran en los buques de apariencia más inocente.

En Zigzag

La primera parte de la travesía hacia Ciudad del Cabo fue lenta pero tranquila. El “City of Cairo” podía desarrollar una velocidad máxima de 12 nudos y sus motores producían un humo infernal.

Ambos factores lo hacían sumamente vulnerable a los posibles ataques de submarinos alemanes.

Las autoridades británicas de navegación sabían que frente a Sudáfrica operaba un numeroso grupo de sumergibles del Eje, que ya habían ocasionado considerables bajas en las filas de los aliados.

La parte más riesgosa de la travesía era la zona Brasil comprendida entre Ciudad del Cabo y Recife.

La ofensiva alemana se basaba en la táctica de grupo. Los submarinos eran empleados como si fueran manadas de lobos detrás de una presa. Era raro que un submarino se presentara sólo.

El “City of Cairo”, no ajeno a esta información, tenía instrucciones de viajar en zigzag hasta llegar a la zona más segura.

El 1° de noviembre pasó por Ciudad del Cabo y siguió la costa del continente africano hasta llegar a una longitud de 23° 30 S, donde viró hacia el oeste a través del Atlántico. Había pasado un mes desde su salida del puerto de Bombay.

Los gatos y la mala suerte

El 6 de noviembre la tripulación y los pasajeros comenzaron a respirar aliviados pensando que los más peligroso había quedado atrás.

Fue en este punto de la navegación cuando, un miembro de la tripulación, que no estaba enterado de que molestar a los gatos trae mala suerte, tuvo la pésima idea de ahuyentar uno con una vela de azufre.

Se supone que el felino abordó el barco en Bombay y logró esconderse en un bote salvavidas.

Fue entonces cuando el comandante del submarino U 68, Karl Friedrich Merten, que navegaba por la superficie, notó una densa columna  de humo en el horizonte.

Y cómo no notarla, si el humo era más visible que el propio barco.

Nunca se supo si el humo se debía al problema que tenían las máquinas del “City of Cairo” al quemar el carbón o si provenía de la vela de azufre usada para ahuyentar al michifus.

Una hora después, el comandante Merten decidió lanzar el primer torpedo contra el “City of Cairo”, que lo perforó en la bodega destruyendo una de las cajas con monedas de plata.

No bien el barco comenzó a hacer agua, el Capitán Rogerson ordenó a los pasajeros y a la tripulación abandonar ordenadamente el navío. Todas las mujeres y niños fueron puestos a salvo y solamente hubo seis bajas.

Buenos noches, perdón por hundirlos

Veinte minutos después del primer torpedo, pausa humanitaria para permitir la evacuación, el comandante Merten disparó un segundo misil, y el “City of Cairo” se hundió por la popa junto con su valioso cargamento de monedas.

Mientras escuchaban la señal de radio procedente del “City of Cairo” y observaban como numerosos botes eran echados al mar, la tripulación del U 68 se dio cuenta de que habían hundido un buque de pasajeros y no un carguero.

El Comandante del U 68, a causa del reciente incidente del “Laconia” tenía orden de no ayudar en el salvamento.

Sin embargo, colaboró en el rescate de los sobrevivientes aún en el agua y los ayudó a abordar las balsas salvavidas.

Luego les indicó el rumbo exacto hacia la isla Santa Helena y se despidió diciendo: “Buenas noches, perdón por hundirlos”

En busca de la isla perdida

Eran trescientos pasajeros para 6 pequeños botes repletos de gente.

Según la posición que les había señalado el comandante del submarino estaban a más de 1.600 kilómetros de la costa africana y a 2.900 kilómetros del Brasil, con la minúscula isla de Santa Elena a 480 km al Norte.

El mayor problema consistía en encontrar la pequeña isla perdida en medio del océano. Para navegar, los sobrevivientes apenas disponían de un sextante, un reloj y varias brújulas.

Calcularon que llegarían a Santa Elena en dos o tres semanas. Sobre ésta base  racionaron el agua a 110 cm cúbicos por día, a pesar del terrible calor tropical.  

El tiempo era excelente y se preveían temporales. Sin embargo las condiciones de vida a bordo de los botes eran deplorables. Iban atestados y hacían agua por todos los costados.  

Viajaban empapados, no tenían forma de hacer sus necesidades con un mínimo de privacidad, era imposible moverse un milímetro sin aplastar al pasajero de al lado y por la noche el frío se mezclaba con el agua que permanentemente entraba por las brechas.

A medida que pasaban los días el ánimo y la salud empeoraban. Los niños eran los que se hallaban más debilitados. Algunos deliraban de fiebre como consecuencia de la insolación y la sed.

A bordo de los botes estallaron discusiones acerca de quiénes debían ser beneficiados con ración extra de agua. Algunos defendían a los más debilitados y enfermos, y otros, los más, a quiénes se mantenían fuertes y en condiciones de remar hasta encontrar la isla.

El 11 de noviembre la unidad del grupo se rompió, y uno de los botes, el más rápido, se alejó para ir en busca de ayuda. En la noche del 12 de noviembre se perdió el contacto.

A la noche siguiente se cortó la racha de buen tiempo y se produjo una tempestad en alta mar. Por la mañana la pequeña flotilla de botes se había desintegrado.

El 19 de noviembre, los náufragos del bote que había tomado la delantera, divisaron un buque en el horizonte.

Encendieron bengalas y mandaron señales de S.O.S Luego de unos minutos casi agónicos el “SS Clan Alpine”, viró hacia el pequeño bote y rescató a sus ocupantes.

Casi todos vivían aún, pero estaban gravemente debilitados.

Los tripulantes del “Clan Alpine” consideraron milagroso el hecho de que los sobrevivientes del “City of Cairo” pudieran orientarse tan bien, puesto que les faltaban apenas 80 kilómetros para llegar a la isla de Santa Elena.

Esa misma mañana, el “Clan Alpine” rescató a 3 de los botes de sobrevivientes.

Sobrevivientes agradecidos

De los 166 ocupantes de los tres botes, 16 habían muerto y otros dos fallecieron después en isla Santa Elena.

El mismo día, los del cuarto bote fueron vistos por otra nave británica, el “SS Bendoran”. De los 55 que viajaban desde el hundimiento, 47 aún vivían. El “Bendoran” los transportó a Ciudad del Cabo.

El 23 de noviembre, en el quinto bote iban a penas 17 personas. Estaban seguros de haber pasado la isla y, en vez de virar en un intento por descubrirla, decidieron seguir hacia el poniente, rumbo a la costa del Brasil, que estaba a 2.400 kilómetros de distancia.

El grupo estaba en el límite entre la vida y la muerte cuando fue rescatado, el 27 de noviembre, por el buque brasileño “Caravellas”. Sólo les faltaban 130 kilómetros para llegar a la costa sudamericana, pero los sobrevivientes eran apenas 2.

Uno de ellos, el miembro de la tripulación que había intentado espantar al gato, tuvo otra poco feliz idea, regresar a  Inglaterra viajando primero a los Estados Unidos.

El buque en que viajaba fue torpedeado por otro submarino alemán y todos sus pasajeros se ahogaron.

El otro sobreviviente se quedó en Brasil, donde se estableció y formó una familia. Nunca volvió a Inglaterra.

Tres años más tarde los sobrevivientes del “City of Cairo” celebraron una reunión en Londres e invitaron al famoso comandante Merten.

Uno de ellos hizo la siguiente observación: “No podíamos haber sido hundidos por un hombre más amable!”

Lic. Florencia Cattaneo

Fuente: Adriana Carrasco; Catástrofes en el Mar